Hay pérdidas que no siempre son nombradas, pero que impactan profundamente nuestra vida emocional. Una de ellas es la relacionada con el trabajo.
El trabajo no es únicamente una fuente de ingresos. Es también un espacio de identidad, de pertenencia, de rutina y, muchas veces, de propósito. A través de él construimos vínculos, organizamos nuestros días y, en cierta forma, definimos quiénes somos en el mundo. Por eso, cuando ocurre un despido, una jubilación o un cambio laboral forzado, no solo se pierde un puesto: se pierde una parte de esa estructura que nos sostenía.
Este tipo de pérdida suele vivirse en silencio. Socialmente, se espera que “sigamos adelante”, que “busquemos otra cosa” o que “aprovechemos el cambio”. Y aunque estas frases pueden tener una intención positiva, muchas veces invisibilizan el impacto emocional que hay detrás: el desgaste acumulado, el agotamiento, la desmotivación o incluso el miedo ante lo desconocido.
Desde la tanatología, entendemos que todo cambio significativo implica un proceso de duelo. Y como en cualquier duelo, pueden aparecer emociones como tristeza, enojo, incertidumbre o confusión. Validar estas emociones no significa quedarse estancado, sino reconocer que algo importante se ha movido dentro de nosotros.
Acompañar estos procesos —propios o de otros— requiere sensibilidad y apertura. Implica dejar de minimizar la pérdida y comenzar a nombrarla. Darnos permiso de sentir, de pausar, de reconstruir poco a poco una nueva narrativa personal y profesional.
Porque sí, el trabajo puede terminar, cambiar o transformarse… pero eso no define nuestro valor ni limita nuestras posibilidades de reconstrucción. A veces, en medio de la pérdida, también se abre un espacio para redescubrirnos.

Escribir comentario
Sandra stern (viernes, 08 mayo 2026 11:06)
Totalmente! Estoy en un proceso en este tema, y está duro!